La difícil concordia

Por Nieves Simón

Nieves Simón

Cuando aconteció la muerte, quizá deberíamos decir el asesinato, de Miguel Grau yo tenía 34 años. Fue mi último año de dulce cordera. Mi hijo Juan tenía seis años. Llegaba el tiempo de dar cumplimiento a otros objetivos vitales que los de “cumplir con la biología”. Así llamaba yo, en mi fuero interno, al periodo de crianza intensiva.
Espinoso y árduo se presentaba el camino. Mas de veinte años me costó recorrerlo. En la España preconstitucional, donde campaba cómodamente el nacionalcatolicismo, no había divorcio, el ascenso de las mujeres a los puestos de responsabilidad empresarial era impensable y nuestras justas vindicaciones, utopía.
Nunca me llamó el juego de los partidos políticos. Ni los que emergían de la clandestinidad ni los que se fueron constituyendo. Mis anhelos no formaban parte de sus prioridades. Se perdían en enfrentamientos, a mi criterio, inutiles y perjudiciales. En cambio, siempre me atrajeron los movimientos cívicos.
A la sazón formaba parte activa de la Asociación de padres de la Aneja donde había dos sectores claramente delimitados. Una parte progresista y otra conservadora. No solía compartir totalmente las opiniones de ninguno de los dos grupos. Con frecuencia hacía propuestas de síntesis, pero mi gusto por la concordia no tenía éxito. “Gane quien gane yo siempre pierdo” me decía.

¿Cómo salir de estas dicotomías tan mezquinas?
La lectura de los primeros textos feministas que se publicaban me afirmaba, me reconciliaba, me sosegaba, me esclarecía la efervescencia vital que me habitaba y contestaba muchas de mis preguntas. Solía bajar, vivía en Alicante, en la calle Maestro Gaztambide, paseo de General Marvá adelante hasta la librería Set i mig donde encontraba lo poco que se publicaba sobre el tema, mientras mi hijo curioseaba los estantes de cuentos hasta que elegía alguno.
Aquel día, como siempre, íbamos de la mano charlando. Su mano en la mía confiada y tierna, como ahora la de mi nieta, me provoca una emoción intensa y cálida. Mira Juan -le dije- ¿sabes que hace toda esa gente ahí? Miró hacia el gran tumulto que se arremolinaba a la altura de la Plaza de los Luceros. Allí en medio, erguida en su belleza, estaba Mari Luz Quiñonero.
Conocí a Mari Luz en aquellas primeras reuniones que se organizaron en la AISS, los antiguos sindicatos verticales. “Hay que apropiarse de estos espacios”, decía. El lugar era siniestro pero el interés por asistir a la inauguración de lo que sería el Movimiento Feminista en Alicante le restaba un poco de pesadumbre.
Nos acercamos. Mari Luz estaba explicando lo que les había ocurrido al grupo del MC mientras pegaban carteles de la Diada y cómo,  una clásica “pedrega” a la que, en principio, no dieron la menor importancia, concluyó con la fatal muerte de Miguel Grau.
Esa fue la excusa perfecta para aleccionar a mi hijo sobre las bondades de la concordia y los desafueros del enfrentamiento.

Pero mamá me dijo, si yo peleo es jugando y esto es de verdad.

–Pues eso hijo, ni aún jugando sirve de nada pelear.
Y ahí sigo, tratando de desenmascarar lo que muestran como irreconciliable y no lo es, huyendo de los binarismos y tendiendo puentes entre las diferentes caras de la prismática realidad. En difinitiva: empeñada en el difícil arte de la concordia.
Llum te agradezco de todo corazón la invitación a escribir sobre la muerte de Miguel Grau. Yo solo pasaba por allí pero me ha permitido revelar el sentimiento profundo que se afirmó, una vez más, en mí esa tarde y sigue, presente y vivo, espoleando mis reflexiones.

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